sábado, 11 de febrero de 2017






LA MANTIS RELIGIOSA


- Letrado, no me ilustre usted con las leyes españolas y cíñase a los hechos.- bramó el enjuto y temido juez de lo social dos, con voz de film norteamericano.

La sala respiró hondo al oído de su ineludible mandato, y la crispación del ambiente nos la acabamos comiendo la resudada toga, que me había agenciado esa mañana del armario de togas, y yo.

El abogado de la parte contraria adquirió entonces una sonrisa hiriente y descastada,  que yo conocía tan bien, mientras se colocaba detrás de la oreja un díscolo mechón de un cabello suave como la seda, que yo conocía tan bien, y mientras ojeaba su papel de alegaciones con esos ojos de un azul tan intenso y profundo como el océano, que yo conocía tan bien, y cruzaba su largas y bien torneadas piernas, invisibles  bajo su toga, pero  que yo conocía tan bien...

Repentinamente y en su turno de palabra, insertó su mar intenso en mis ojos, ya casi bizcos a estas alturas del pleito. Fue entonces cuando pude inhalar sus feromonas de hembra en celo, y observar cómo se transformaba en una mantis religiosa de  color verde intenso.


Pero, ya era tarde…

©Concha González
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viernes, 22 de julio de 2016



UNA VEZ EN LA VIDA

Había llegado el momento. Mí momento. 
Después de llevar años  percibiendo ese sonido arisco y punzante en manos de las mayores, después de percibir  la altivez de sus andares cuando portaban esa  mortífera arma de  frío y dolido tacto. Después de sentir y presentir de un modo inevitable el amortiguado eco residual que lloraban las paredes cada día,  después de caminar por esos amplios pasillos recargados de imágenes y cruces de madera, en fila india, emparejadas, o en grupo, después de todo eso, el sueño de deambular por ellos en solitario, sin más presencia de humana apariencia que una tímida virgen niña flaqueando la esquina norte o aquella inevitable e impertérrita imagen de Santa Joaquina, prodigada por doquier, ese sueño, por fin, se haría realidad. 
Mi apellido, Pacheco,  me había relegado al los últimos turnos, y, fue a penas por una única letra que casi zanjo esa parte de mi vida sin acariciar ese sueño, esa sensación de libertad, de victoria, de poder. Lástima me daban las Ramos, Rubio, Vidal o Zapatero, lástima. Pero durante una semana entera, una semana con sus cinco días, mañana y  tarde, y haciendo gala de una puntualidad inglesa y de una presupuesta y recién nacida responsabilidad, mi reloj de cuerda, regalo de mi padrino, sería el encargado de ponerme en situación de las horas en punto, y yo, a su vez,  la encargada de que la venerada campanilla de bronce siciliano se pasease por cada recodo de la ilustre congregación de religiosas, anunciando el final de cada clase, y, eso, teniendo en cuenta que éramos ciento cincuenta alumnas entre los tres octavos, tan solo ocurría una vez en la vida.

©Concha González.
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miércoles, 6 de enero de 2016

LOS REYES MAGOS


LOS REYES MAGOS

Aquel era el año 1973. Los Reyes Magos se acercaban en unas magníficas carrozas ornamentadas con luces y telas de colores, las cuales se movían con la suficiente parsimonia y disciplina para que todos alcanzáramos el sueño de admirarlas profundamente. Los tres llevaban su correspondiente paje y estos lanzaban caramelos, serpentinas y unas tiras de papel coloreado que todos los niños nos empeñábamos, a empujones, en rescatar desde los aires, para más tarde jugar a hacernos pulseras y collares en zigzag.
Yo tenía un abrigo azul marino que me valía para todas las ocasiones, (escuela y días de fiesta) y en cuyos bolsos, una vez finalizada la cabalgata, no habría de caber ni una serpentina más. Los caramelos que atropaba se los iba dando a mi madre que, con cara de satisfacción,  me los iba guardando en su suave bolso de antelina (en esa época, los que más caramelos atrapaban eran tenidos por más pispas) pero que, a la postre, acabarían olvidados para siempre porque tales chuches nunca me gustaron. Las tiras de papel coloreadas las iba enredando alrededor del cuello y de los brazos hasta parecer un árbol de Navidad andante, pero las serpentinas tendría que esconderlas a hurtadillas para que mi madre no me las hiciera tirar al suelo, alegando que le ponía la casa perdida de papelines, y que, al final, acabaríamos cenándolos junto a la sopa. 
Ese día mi prima Piedad no estaba conmigo y eso era algo extraño. Pregunté por ella y me dijeron que estaba en una de las carrozas disfrazada de paje, creo, (no recuerdo bien) pero lo que sí recuerdo (una vez localizada)es como lanzaba con un empeño y seriedad digno de mención, las susodichas serpentinas y los tan ansiados caramelos  a diestra y siniestra desde una de las carrozas.  Las tiras se le resistían, pues  su manejo  requería de una fuerza y maña que la  una niña tan pequeña, como era ella, aún no tenía. 
Más tarde, ya entrada la noche, los reyes y toda su comitiva llegaron a la plaza mayor, para descender de sus carruajes (uno por rey) hasta adentrarse en el ayuntamiento.
Yo fui llevada con mano firme hacía el primer piso, siempre detrás de sus majestades y séquito,  hasta llegar a una sala inmensa repleta de viandas varias, refrescos de naranja y cola (acceder en aquellos años un refresco de naranja o cola no era asunto baladí) y  distintos dulces navideños.
Yo no perdía de vista a mi prima,  la cual se movía como pez en el agua a través de toda esa gente.  De repente,  alguien me invitó a sentarme a esa  larga y ornamentada mesa que ocupaba toda la estancia. Los reyes la presidían con orgullo de reyes; con sus trajes bordados y relucientes, sus guantes blancos y sus anillos de colores, y esas capas largas hasta los pies y reborde de peluche... y, a mí, increíblemente,  me habían invitado a sentarme cerca de ellos. Mi madre soltó mi mano esperando que yo me lanzase detrás de mi prima (con la que compartía por costumbre media vida) y de los refrescos cuanto menos, pero yo: ni reyes, ni prima, ni refrescos de naranja, ni de cola, ni nada. Solo quería abandonar la honorable estancia lo más deprisa posible, llegar a casa con mis serpentinas, (engrosando mis bolsillos) y mis tiras de papel, (ganadas dignamente en ardua batalla), y perder de vista a esos señores tan grandes que vestían de esa forma tan rara, y que, para colmo de males,  me inspiraban un miedo atroz, sobre todo aquel pintado de negro  tizón que cuando sonreía parecía que le salía sangre de la boca.
Así que así y de ese modo tan sencillo, fue como perdí la única e incomprensible oportunidad de compartir mesa  con sus majestades de oriente. Oportunidad que jamás se me ha vuelto a presentar, he de decir.



©Concha González.
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viernes, 25 de diciembre de 2015



VILLANCICOS

En este tiempo de guirnaldas y ramos leoneses, turrones de confitería, y calcetines de regalo, mi progenitora y yo teníamos un deber inexcusable, deber que, por arte de la tontuna adolescente, nos desapareció al cumplir yo los quince por eso de, "qué corte" y "tanto rollo", que se decía en mis tiempos. Dicho deber consistía en abrir un libro de villancicos ("Hand made mi hermano" allende los maristas) y arrancarnos a cantar como dos locas poseídas por un desconocido (por el aquel entonces como tal) espíritu navideño (ahora a todo se le da una explicación científica y se le pone un nombre).
Nunca se lo dije, por lo de "qué corte y tanto rollo", pero cada año echaba de menos aquellos momentos musicales a dúo, tanto que en algún ataque de síndrome de abstinencia, llegué a cantar a solas y a capela (una fenómena) cuando no había nadie en casa.
Os garantizo que entraba en trance en aquellos momentos de voz y arte. "Arre borriquito", "25 de diciembre", "María María", "Noche de Paz, noche de Amor", y sobre todo y ante todo, el rey de reyes del villancico popular: "Adeste fideles", con el que ya podían aporrear la puerta, quemar el tejado, o iniciarse un terremoto, yo no recibía, el cual ejercía tal influencia en mi persona que, a través de una mano ajena al resto del cuerpo (creo era la mía), se elevaba el volumen a tope del radiocasete de doble pletina (muy cómodo para las grabaciones piratas, aunque antes esto de la piratería era solo cosa de películas y pastelitos de chocolate) hasta llegar a no oírme ni a mí misma. Este, el "Adeste Fideles", lo había conseguido grabar de la radio casi perfectamente (apenas se oía la voz del locutor al final de la canción como era lo habitual) en una cinta original de Manolo Escobar que pululaba por casa, gracias al truquito del papelito en los agujeros. La gente de mi época me entenderá.
Más tarde (siempre a solas, eso sí) incorpore a mi repertorio, (comenzaban las épocas de la anglomanía) otros villancicos tales como "Last Christmas" (I gave you my heart ... - si es que me sale solo-) de Wham, que era la leche (creo que se ha puesto de moda de nuevo) y que gracias a mi año de au- pair en Inglaterra lo bordaba en pronunciación. Y aquel otro que aglutinaba un elenco de cantantes de la élite de entonces y sin parangón hasta hoy: "We are the world", con el que volar era tan fácil... y aunque al principio no fuera del todo un villancico al uso, al final todo el mundo llegó a tratarlo como tal.
Ahora que ya todo tiende a profesionalizarse, eso de canturrear aunque solo sea por casa, me da palo y he preferido contar esta historia en mi blog "Relatando", a grabar un audio y bajarlo al face, no sea que acabéis bloqueandome del espanto y de vergüenza ajena.

©Concha González.
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jueves, 26 de noviembre de 2015



LA PACIENCIA

... madre, ¿cuándo se muere Don Elías?. 
 _ Esta chica está tonta.- responde la madre agitando la cabeza en señal de disgusto por la estolidez de su curiosona y ocurrente hija.

La niña de nueve años de edad pregunta, sin atisbo de malicia, que para cuándo la muerte del señor cura, un hombre entrado en años pero sin ánimo ni aspecto alguno de querer encontrarse aún con nuestro señor.
La respuesta de la madre  deja a la pequeña con un mohín de disgusto a falta de explicaciones mayores, pues le habían contado que cuando  un cura fallecía, se le sentaba en un sillón de madera torneada,  al estilo del de los obispos, acicalado como para celebrar misa y con un misal entre las manos. Además, Encarnita, su hermana, su  prima y la hermana de su prima aseguraban que, después de tenerle durante tres días con sus noches impertérrito y en esa pose, habrían de romperle las piernas para poderlo enterrar como a todo el mundo, o sea, tumbado. 
Su madre, que lo sabía todo, a la fuerza tenía que saber de este asunto también, es decir, sobre la muerte de Don Elías;  para cuándo habría de ser y cómo y, ante todo, si ella tendría participación alguna en tal evento.
Y es que, lo de sujetar al aire lazos de raso blanco cosidos a la cajita blanca de muerto de algún niño de pecho y de no tan pecho camino del cementerio, acicalada con su mejor vestido, el pelo estirado hasta llorar de dolor,  con  sus fulgurantes zapatos de charol bien repulidos, herencia de su prima Charito, y marcando el paso de la comitiva fúnebre, era cosa importante y de enjundia, desde luego, mucho más aún para ella que siempre contaba con el honor de ser  de las que figuraba a la cabecera de la caja, pero tan habitual como que lloviera en primavera, nevara en invierno, o achicharrase de calor en agosto, mientras que lo del señor cura  nunca lo había visto  y sí Encarnita, su hermana, su prima y la hermana de su prima.

Ya dice su padre que los curas viven mucho y bien, con lo que el asunto de la espera es casi un hecho. Di tú que Don Elías ya tiene el pelo blanco del todo,  una cojera artrítica servera, así como una tos silbante de tanto fumar tabaco de liar, que semeja  la sirena de la azucarera, con lo que  mucho más tiempo, de seguro,  no habrá de durar.
Cuestión de paciencia.

©Concha González.
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viernes, 30 de octubre de 2015




Chuches.
Procedo de aquellos años en los que, cada domingo y fiesta de guardar, te encontrabas a la señora María, la del puesto de chuches, bien plantificada en la plaza, con un gran mandil, pañoleta negra a la cabeza y una variada mercancía, con el fin de ganarse una perras. Ya se empezaban a llevar las tiendas como tal, pero solo la señora María tenía en estas épocas un producto único y extraño (a mis ojos) como era la acerola. Yo las llamaba manzanitas y por cinco pesetas la señora María te ponía con sus manos arrugadas y callosas un gran cucurucho (fabricado "in situ" con algún dominical retrasado). Aún recuerdo ese sabor (tirando a cítrico) esa textura tersa, y sobre todo su especial aroma, algo así como una mezcla entre el membrillo y frutas del bosque.
Después pasaba el tiempo y ya no las volvía a ver hasta el siguiente año, y yo quedaba preguntándome el porqué de que el resto de chuches siguieran apareciendo por su carro, día tras día, menos mis manzanitas deliciosas y aromáticas. Más tarde, la señora María desapareció para siempre y con ella su puesto y las acerolas.
Ayer las ví de nuevo, después de muchos años, en el mercado de frutas de mi pueblo y me quedé mirando para ellas como una niña de ocho años, ¡y nada!.. que hoy me estoy dando un homenaje... por los viejos tiempos de los chuches sanos.
Concha González.
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sábado, 8 de agosto de 2015

LA PATRONA



LA PATRONA

En esos largos días (y noches) de agosto yo era feliz. Cuando comenzaban las fiestas de La Patrona, mi casa (la de mis padres) pasaba a convertirse en un auténtico despliegue de medios y modos. La imagen sucumbía a la elocuencia del momento:  mi madre cargada con una sandía de cinco kilos, calada de antemano por el frutero del mercadillo, mi madre con un ejército de patatas, de las nuevas, compradas al tío Benedicto, atún en lata y huevos para la ensaladilla rusa, mi madre con sus montañas de filetes de cadera (bien finos) adobados con ajo, perejil y aceite de oliva, mi madre con sus toneladas de pescadilla para rebozar,  mi madre con tres pollos de corral aliñados en crudo en la cazuela de porcelana roja y haciendo cabriolas para conseguir ubicarlos en dicho territorio adecuadamente, mi madre y sus desayunos de leche a granel de las vacas de la lechera de Ribas de la Valduerna, cola- cao  de lata y galletas María, mi madre, siempre ella, saliendo al paso de todo y  para todos. Los postres  eran cosa de Zorita o Conrado, los pasteleros, y los melones (para cuando se acababa la sandía de cinco kilos) cosa de aquellos vendedores ambulantes de Villaconejos que permanecían durante todas las fiestas en un punto fijo con su romana (trucada) de hierro desgastado.

Era todo un espectáculo levantarse por la mañana y pasear entre  colchones estratégicamente ubicados por los rincones. Mi primo Juan, en slip, roncando a pierna suelta por el descansillo , mi primo Carlos idem por el pasillo del segundo piso, la habitación de las dos  camas niqueladas de uno veinte,  acogía a cuatro personas por las alturas  y a otras cuatro en sendos colchones del mismo tamaño, por las bajuras. Camas  no habría suficientes, pero siempre existía un hueco para un colchón (de lana que pesaban como muerto), con nombre de primo/a, amigas/os de los primos o sobrinos/as.

El momento álgido era la noche antes de la carrera de motos. El timbre hacía uso de su existencia constantemente, pero yo tan solo esperaba expectante el de una sola persona, mi prima Montse.
Cuando esta hacía su aparición, me sentía la persona más feliz del mundo. Aparecía con un macuto para una par de días, y ese par de días siempre prometían ser  intensos. Nadie se percataba de nuestra presencia y de nuestras correrías. Mi madre entre fogones, peluquerías y charlas varias se olvidaba de nosotras totalmente, con lo cual hacíamos y deshacíamos a nuestro antojo. Entrabamos, salíamos, comíamos, corríamos sin apenas supervisión. Jamás me sentí más libre.
Por mi casa llegaron a pulular hasta veintidós personas en un mismo día. Se hacían turnos para el baño, para el desayuno, para la comida y la cena, para vestirse en las habitaciones y desvestirse ... turnos para todo.

Montse y yo andábamos sobradas de pesetas. Todo el mundo nos daba la propina en aquellos días. Entre los chuches y la feria se nos iba la mayoría del montante. Aún recuerdo la barca. Un artilugio enorme que se movía hacía arriba y hacia abajo, sin ningún tipo de sujeción y que nos acercaba con sus vaivenes al cielo. Yo solía ponerme el vestido blanco de estrellitas rojas y azules, con rebeca a juego, para la ocasión. Era un vestido de costura casera con la firma de mi tía Manolita. Tenía dos volantes a la altura de la cadera que subían y bajaban al compás del movimiento. Mi prima y yo chillábamos de gozo mientras, gracias a la fuerza de la inercia y de nuestra emoción, el susodicho aparato nos levantaba un palmo del suelo, mientras nadie sabía por dónde andábamos, mientras volábamos.

La mañana de la carrera de motos, un sonido estridente y repetitivo se colaba por cada rendija de la casa hasta hacerme despertar. Duraba horas, como horas duraban las salidas y entradas de las personas que durante esos días conquistaban la monarquía absoluta del nº 15 de la carretera Villalís. Una monarquía con una sola reina, mi madre. En ocasiones la puerta quedaba perpetuamente abierta, para facilitar las idas y venidas del personal. El frigorífico,  un balay de los de raza, cargado hasta los topes, parecía la puerta a la vida de los hambrientos, de los sedientos y de los necesitados.

Después, todo acababa de repente. El ruido de las motos, la barca, los colchones dispersados, las presencias y las torres de comida, mi madre siempre omnipotente, con su pelo recogido en un tul violáceo que mantenía su peinado a raya, controlando la situación y mi libertad. Tan solo entonces me percataba de que cientos de pajas merodeaban por las habitaciones, por el patio, la cocina y el baño. Restos desperdigados que nuestros moradores coyunturales esparcían sin pretenderlo y sin anunciarlo a consecuencia de la gran carrera y que de algún modo se habrían quedados pegados a sus ropas, su calzado y sus recuerdos

Después todo volvía a su ser, y yo soñaba con que el próximo verano el vestido blanco de estrellitas rojas y azules, aún me sirviera para hacerme volar en la barca, con mi prima Montse y su macuto, con las calles atestadas de gente y nada que hacer, excepto...  vivir.

©Concha González
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