lunes, 31 de diciembre de 2012





EL RELOJ

Hoy me he tirado  de la cama de un salto. 
Me despertó la conciencia del que quiere respirarse el mundo, avanzar al paso de sus minutos danzarines, no perderse ni un instante de sus desvelos, ni un segundo de sus silentes efectos. Descansar,  ya descansaré más tarde, siempre después de que la historia amenace con volver de nuevo. Antes sería una gran pérdida de tiempo. Un tiempo que te desheredará sin legitimidad alguna mucho antes que su propia alma desaparezca, antes incluso de que llegues a recordar su rostro exánime clamando por observarte, antes de que recuerdes…mucho antes.
Después, mientras tiro la toalla de la ducha vespertina y abro las ventanas para que las pesadillas  nocturnas  infecten los aires virginales de la virginal mañana, espero pacientemente, ¡qué remedio!, a que la luna veje con su ojo casto y tímido a la oscuridad malintencionada de otra noche  que fenecerá, probablemente,  con la siguiente alborada.
Mientras, el reloj, culpable implícito, socio siniestro, instigador abyecto, parece seguir robándonos  las horas que, en realidad, nunca jamás poseímos ni poseeremos. Parece querer contar cuanto dura el  infinito en claudicar de sus mañanas, y marcar el silencio de los silencios con su tonada perpetua en perpetuo lamento. Parece querer festejar la impermanencia de los deseos.
Parece trocar su aliento por tu aliento.

©Concha González.

viernes, 21 de diciembre de 2012





EL ESPÍA URBANO

Nadie mejor que el espía urbano para realzar historias de gentes llanas.
Historias simples y mundanales; cotidianas y usuales.
Historias que en ocasiones se alcanzan a otear con la diáfana claridad del día  mientras otras descansan ineluctablemente soterradas en sus inescrutables talantes y con escasas posibilidades de apreciarse en el hirsuto semblante que uno viste en zonas comunes.
Historias enrevesadas y enigmáticas; descabelladas y soñadoras. 
Nadie mejor que el espía urbano, para vislumbrar taimadamente sucesos ajenos. Sucesos tristes e insondables, como esa cerrazón que precede y antecede a la furiosa tempestad. Sucesos alegres con  un soleado anverso y un bonancible reverso. Sucesos incuestionables e inevitables, como aquellos sufrimientos de amores. Sucesos divertidos y afables, nacidos con objeto de soslayar diarias y artificiosas tensiones del alma.

            Una minúscula pajarita de papel artesanalmente elaborada, descansa ociosa en el alféizar de una ventana a la zaga de nuestro espía. Adolece de una evidente abulia contagiada sin duda alguna por las anónimas  manos que en su momento le dieron el ser.
            Aún así, permanece yerta pero expectante ante todo lo que sucesivamente  va ocurriendo a su alrededor. Pareciese  como si miles de fotogramas desfilaran por delante de sus imposibles ojos creando la película más surrealista que uno pudiera imaginar. Semeja una inesperada ayuda de cámara de nuestro espía,  venida al mundo a manos de un aburrido pasajero para dar solaz a su tedio y como efugio a sus minutos muertos, presa irremediable de ese  momento y del  inevitable antropomorfismo en el que se ha visto envuelta.

            El circunspecto espía urbano recorre con premura, previa adjudicación de su itinerario, cada calle, cada vía, cada hueco…hasta llegar a ningún sitio en concreto.
            Serpentea disciplinadamente por angostas calles y  sombríos vericuetos, así como por amplias y soleadas avenidas dignas de paseos de reyes, obviando vidas y sueños pero obligado involuntario a incurrir en ellas.
            Observa a la señora de negro absoluto. Sin que nadie se lance a verbalizar explicaciones vanas,  evidencia con una claridad absoluta  que no  trata de ir a la última moda  acoplándose  a ese grupo llamado “Los góticos”, sino que su entristecido y murrio semblante anuncia al mundo  la pérdida de un ser querido.
            Ese señor  envarado que viste  un caro  traje de marca, zapatos italianos y cartera de piel, pregunta al chofer por el precio del billete antes de hacerse con uno. Su coche, probablemente de alta gama también, se averió esta mañana y no encontró  taxi cerca.
            La señorita oriental de mochila a la espalda conversa en un dificultoso idioma por su móvil de última generación. Es una estudiante con una beca Erasmus.
            Una joven comienza a toser de forma violenta y tenaz. Cuando creemos que debe de entrar en juego ese juicioso civismo del que todos hacemos alarde  poseer ante el posible riesgo de una inminente asfixia, extrae con experta sabiduría de su moderno bolso de tela un spray milagroso que aplaca su indolente mal. Es asmática.
            Una pareja discute lo suficientemente alto y fuerte, para evidenciar ante todos sus subversivos problemas de pareja.
¿Quién lava los platos cada noche?
¿Quién va al colegio a buscar al niño a diario?
¿Quién sueña con otra vida distinta a esta?

            Nadie repara en la enhiesta figura del conductor. Pareciese ser otra   pieza  más del vehículo, tal como el volante, las ruedas o asientos. Nadie repara en él,  excepto su inseparable y aquiescente compañero de viajes.
También  nuestro conductor es  susceptible de ser espiado. Todo ello a pesar del obligado disfraz que viste, en un conato de  despistar al mundo de su carácter humano.

            Es el final de la copa del mundo y España juega por vez primera en la historia del fútbol, pero desde la radio de nuestro espía suenan los cuarenta principales. Pulula  ajeno a la enorme expectación de las calles que arden de emociones contenidas y sin contener. Miles de personas se apilan en las terrazas de los bares y cafés, blandiendo orgullosos banderas españolas, vistiendo en una inmensa mayoría camisetas de la selección. Pero nuestro conductor sigue en su onda, impertérrito a pesar de  la algarabía exterior, obviando el ambiente que le rodea y algo molesto por la dificultad añadida que le supone  conducir con esa avalancha humana engulliéndolo todo.
            Shakira entona el waka-waka por la radio conectada, símbolo musical del mundial, llenándolo todo con sus exultantes cánticos. Nuestro conductor de este modo,  no se libra de ser partícipe aún a su pesar, pero evidencia con absoluta claridad  que el fútbol no es lo suyo.

            El espía urbano en su férreo silencio atesora minutos robados a almas  viajeras de inconscientes dueños. Minutos transparentes como agua de manantial, que apenas si atraviesan tímidos e insondables muros de controvertida libertad.
          
©Concha González.

           












viernes, 2 de noviembre de 2012




LA MULTA

Hoy no tenía ganas de caminar así que decidí sacar el coche del garaje.  Caía  una lluvia impertinente, de estas que parecen que no pero sí,  con lo que a lo bobo acabas empapadita de arriba abajo antes de que tes cuenta. Tenía unas compras que hacer en el centro con lo que busqué un aparcamiento en la hora lo más cerca posible de los lugares de mis quehaceres. Primero debía de ir a llevar unas botas a poner tacones al rapidito. A pesar de su nombre me llevaría media hora como mínimo. Después tenía que buscar unas deportivas y un chándal  para Iban y un libro de lectura para el colegio de Jorge. Además entraría en la confitería a por unas rosquillas de San Froilán y unos trozos de empanada. ¡Ah! ¡Qué no se me olvidara!, también necesitaba una boquilla nueva para la trompeta de Jorge, que la última se le había caído al suelo y se había abollado quedando del todo inservible. Todo ello, supuse, no me llevaría más de hora y media. Además  el surtidor no me dejaba más de este  tiempo para gastar, si no multa al canto. Apresuré la marcha, una vez instalado el tiquet en la guantera del coche, para acabar lo más pronto posible. La lluvia seguía haciendo de las suyas, con lo que tuve que dar la vuelta a por el paraguas que siempre llevaba en el maletero. El rapidito resultó ser lentito y tardó tres cuartos de hora en devolverme mis zapatos arreglados. Las zapatillas de deporte no acababan de ser del todo de mi gusto y necesite tres tiendas para dar con unas aceptables. El chándal lo localicé a la primera, pero la tienda estaba a rebosar y me comí un buen rato de cola para pagar. Las rosquillas, deliciosas ellas, se habían acabado y tuve que ir a otra confitería más lejana. Un capricho es un capricho. Y la boquilla... ¡vaya lío!. Que de qué marca era la trompeta, llamada a casa, que si qué modelo, llamada a casa, que si no la tengo y habrá  que pedirla a fábrica, pues ¡pídala de una vez leches!. Total dos horas. Dos largas horas.
Recordé que mi coche seguía estacionado en La hora. Mi euro y veinte céntimos habrían expirado haría ya treinta minutos mínimo. Probablemente estaría aún a tiempo de meter más dinero o simplemente de marcharme para casa. La verdad es que el día estaba para pocas fiestas, así que aceleré el paso bolsas en mano para tratar de resarcir el tema de una probable multa de aparcamiento. A lo mejor tenía suerte y con esto de la lluvia la pareja de dos aún no se  habían pasado por allí y el apurón que me estaba dando estaba siendo en balde. Noté como un hilillo de agua me corría por las espalda, no sabía si del carrerón o de la lluvia que ahora se había puesto de uñas y caía de lo lindo. Para colmo de males, la botas me hacían agua y lo acababa de descubrir en ese mismo momento. Entonces los vi. La pareja de dos acercándose a mi coche con muy malas intenciones. Traté de cruzar como pude por donde no debía para agilizar la marcha y un gamberro me puso perdida de arriba a bajo amén del riesgo de atropello. Todo fuera por no pagar una multa. Odiaba las multas pero ¿quién no? aunque lo mío con ellas era inquina. Una desazón inexplicable atravesaba mi cuerpo provocándome tembleque, tartamudez y flojera de piernas cuando me multaban por alguna razón. Creo que se trata de un trauma... algo de la niñez que supongo tiene que ver con "niña mala, castigo al canto". No sé, algún día a lo mejor he de tratarlo.
Cuando me acerque el mal ya estaba hecho. El papelito descansaba orondo y feliz sobre el cristal de mi coche aprisionado en una complicidad calmada con el parabrisas. Miré a la pareja con cara de circunstancias,  meneaban  la cabeza dejando bien claro que una vez puesta una denuncia  esta era inamovible. Les debió de dar tanta pena la visión que representaba, empapada  de arriba a abajo a pesar del paraguas, el pelo pegado a mi cara, sucia de barro por lo del gamberro, con las bolsas de la compra en la mano,  exhalando e inhalando al compás de la música heavy más heavy, que acabaron por explicarme que como no habían pasado más de quince minutos desde que se había producido la denuncia, podía recurrirla en las oficinas, que aún no eran las siete y media, y que si me daba prisa a lo mejor llegaba a tiempo para que me la resolvieran. Pregunté donde quedaban las oficinas de marras y me contestaron que a la vuelta de la esquina justamente. Miré la multa. Yo sabía que eran siete euros, que estaba cansada y que quería irme a casa, pero una vez la tuve en la mano algo superior a mí misma me arrastró hacía las mismas una vez más a la carrera más exacerbada ya que tan solo quedaban cinco minutos para que estas cerraran. Lo conseguiría. Corrí y corrí mientras la lluvia caía sobre mi cara. Me había desprendido del paraguas para ir más rápido, de las bolsas, de las rosquillas, del honor... y llegué justo cuando las estaban cerrando. Supliqué sin pudor alguno que me atendieran  y ellos viendo mi patético estado accedieron tan solo para decirme que si quería pagar allí mismo estaba en mi derecho, pero que lo podía haber hecho directamente sacando otro tiquet (previo pago) de la máquina para anular la infracción y metiéndolo en el sobrecito que a propósito para ello te dejaban allí agarrado a el parabrisas. Además, me explicó el buen hombre, el ir allí con la primera multa en mano dejaba la posibilidad abierta para otra segunda multa, a no ser que hubiera sacado otro tiquet  o hubiera movido el coche del lugar.  
Corrí y corrí de nuevo pero fue en vano. Allí tenía la segunda multa de la tarde.  

Cuando entré en casa mi marido y mis hijos me miraron atónitos ante el decadente aspecto que presentaba.
Alguno de ellos, no sé quién fue, tuvo a bien aconsejarme que para otra vez que tuviera que hacer recados en un día tan perro sacara el coche del garaje, que para eso estaba.

©Concha González.

domingo, 7 de octubre de 2012




DUDA  

El amor es un  gran enigma,  que sorprende a quién atrapa                                                                                    

10 de abril de 2009

Llueve.
Llueve lenta  y  plácidamente,  sin ánimo de parar.
Todo  afuera  luce  mojado, pues el agua se deja caer sobre el asfalto de la calle desde hace ya horas.
El cielo se tiñó de un gris azulado y la ventana de mi cuarto se ve salpicada de gotas de lluvia, de la misma manera que mi alma se ve salpicada de grandes dudas.
También llueve en ella, en mi alma., pero no desde hace horas sino desde hace ya dos meses largos... es decir desde tu ausencia.
Es por esta ausencia tuya, larga y triste por los que mis temores crecen y se intensifican amargamente.
Pienso en tu olvido, lo siento, lo auguro ¿quizás tú no?
Y es que,  a pesar de tus largas llamadas, sueño tu adiós, un adiós eterno, dormido en el tiempo.
Y ocurre también que mis dudas se acrecientan aún más cuando escucho tu voz, porque la siento lejos, escasa de emociones y  sentimientos.
Escribo esta carta porque las letras parecen esclarecer las turbias promesas realizadas a medias.  Me permiten encontrar y expresar esos ocultos temores que las palabras verbalizadas  a veces esconden. También manifiestan  aquellas necesidades  internas  que aún sin pensar, mis dedos imprimen en este papel que ahora presiono con esa pluma producto  de tu obsequio, sabiendo de mis deseos de escribir.
Deseos  que solo dos almas gemelas y unidas consiguen adivinar con el tiempo. Deseos cosidos con hilos de una intimidad  que ahora presiento ausente.
Llueve, lo sé,  pero también  sé que un tras la lluvia vendrá la claridad, el sol y  escampará. Y todo se verá más claro y nítido. Ya no miraré desde mi ventana como el agua cae,  sino que volaré a la calle,  para disfrutar del  nuevo día y de su brillante luz. Y quizás, tal vez... no sé, mis dudas se desvanezcan como arena entre los dedos  y tu olvido me parezca un mal sueño. Y tu ausencia  ya no lo será más porque volverás. Y esta carta que ahora escribo solo servirá para desahogar  una vez más mis tormentosas dudas, como tantas otras lo han hecho antes,  y que ahora reposan lánguidas  sobre mis libros a la espera de su viaje o de su probable  destrucción.
Aquel día que decidimos juntos tu  marcha  para labrarte un futuro....el nuestro, se fue una parte de mí contigo  y si no vuelves estaré incompleta para siempre. Por eso sé que regresarás, para que así puedas devolverme esa parte que te llevaste y sin la que no puedo vivir. Para que así, unidos y completos los dos, empecemos de nuevo nuestro  rumbo, sin lejanías, sin dudas....

P.D. El olvido es eterno, solo el recuerdo permanece.


©Concha González. 





                                                                                                                                   


                                                                                                                    
                                                                                                                          

sábado, 8 de septiembre de 2012



 ALL INCLUSIVE

Hartito estaba de meter la mano en el bolso constantemente. Me lo habían advertido:  ir de viaje sin un "Todo Incluido" es lo que tiene. Te pasarás el día entero de paganini. Que si una excursión a los valles tal, cien euros. Que si un agua sin gas, dos euros. Que si una hamaca en la playa para no enguarrarte de arenas tediosas, cincuenta euros, un roncola, siete euros.  Todo, absolutamente todo el tiempo que te  dure el asueto lo pasarás vaciando tu cartera, tarjeta o cuenta corriente, del vil metal que asola este mundo, de manera excelsa y desorbitante.  Lo irás viendo consumirse como vela encendida.

El asunto llega a cauces tan drásticos que ya casi no disfrutas. Solo de pensar en el sablazo, sin previo aviso, con el que te van a insertar "él debe" de la cuenta de la que en cuestión se trate, se desbarajusta tu estabilidad mental de tal manera que ya no existe fórmula ni remedio alguno para volver a ajustarla mientras esa situación se mantenga en activo.

 No ver, no mirar, no saber, esta es la cuestión. En la ignorancia descansa la felicidad.

Si volvemos a lo del todo incluido y sus bondades, nos encontramos con un caminar como Pedro por su casa en un  entorno perfectamente delimitado, como campo de concentración, durante un  determinado tiempo, el cual  depende en todo y en parte del bolsillo de cada uno. Repentinamente nos  vemos  libres de bolsos, mariconeras, carteras... Nada es necesario en esos resorts de apolínea estructura. Está todo pensado para que circules por sus extensos vericuetos, parco en ropajes y repleto de buen humor. Ni tan siquiera portamos con nosotros mismos los venerados Smarthphones, ya que este descaste hacia su pequeña figura parece ser  el único modo de presumir de una libertad en toda regla, aunque después, casi a escondidas,  wassapees de lo lindo, mires el facebook  de pasada como sin darle  mayor importancia a los "megustas", y caigas en la cuenta de las cientos de llamadas perdidas que por tu necesidad de reencuentro con esa pantallita de 4 pulgadas deberías tener.
En realidad este sistema puesto de moda, si no me equivoco en zonas caribeñas, del "all inclusive" (hay que ser cosmopolita) es una sutil maniobra de distracción. No pagas, porque ya has pagado. Después de marcarte, como a los chivos de mi pueblo,  con unas pulseritas de colores que rezan de una oculta información bajo sus tonalidades varias, te sueltan por los laberintos de su pseudo jardín del Edén.
Ahí comienza el despropósito. Piscinas calientes, frías, dulces, saladas, con oleaje, sin él. Sauna, gimnasio, Spa, masajistas orientales... Vegetación infrecuentemente paradisíaca, olores cálidos, cielos anegados en mares, mares anegados en cielos.
Comida a raudales, frutas de harenes, cascadas de cerveza, cavas burbujeantes, cócteles aromáticos, bandejas y bandejas de comida desfilando como "Top Models"  ávidas de atención por parte un público obnubilado ante tamaña belleza...
Todo gratis. All free.
Y de verdad que casi acabas creyéndolo.

Durante el tiempo de estancia en esa situación anómala de lindezas y dispendios varios, sientes ser alguien especial; todo el mundo te sirve, coges lo que te parece, llamas y alguien viene. Tú mandas, otro obedece. Todo ello sin meter ni una sola vez la mano en el bolso, mariconeras, cartera. No, no es mentira. Es cierto. Al día de hoy ya mucha gente lo sabe.

Al salir de ese estado catatónico de reinado sin Rey, el shock está servido.  El recepcionista de turno  procede a cortar tu pulsera con unas odiosas tijeras finamente afiladas y rencorosas que guarda con celo debajo del mostrador para tales efectos. Corte del cordón umbilical. Así se siente y se traslada desde la memoria imposible esa acción. Abandono, desprotección, olvido, temor. Miras esa marca blanquecina de tu muñeca con un aire de reminiscencia pasada, mientras una abulia pesarosa se instala en tu cuerpo, mente y alma, y el título de una película conocida comienza a pasearse irónica  por tu mente, "Volver a empezar".

Volver a empezar. Tráfico, ruidos, caras arrugadas, malas palabras, objetivos a cumplir, carreras...
De vuelta a trabajo observas entre atónito y desconcertado como uno de tus compañeros aún luce su pulsera TI (en este caso amarilla) mientras maneja el ordenador de su despacho. Su semblante es risueño, calmado, casi diríase que feliz. Los demás compañeros (marca blanca en muñeca izquierda) que con cara de perro post vacacional ríen por lo bajini, comentan la palurdada de la situación. Yo les entro al trapo maliciosamente por lo de la complicidad laboral mientras pienso con profundidad en el meollo de la situación.
Definitivamente la psicología impera una vez más. "Men´s sane in corpora sane".
Para el próximo año ninguna tijera malnacida y envidiosa cortará el cordón umbilical. No, hasta que mi corazón así lo sienta y lo consienta...  

©Concha González.

sábado, 25 de agosto de 2012




LA FAMILIA

Llegamos casi al anochecer a la gran casona. Se nos esperaba. En estos sitios siempre se  le espera a uno, nadie se presenta sin invitación previa.
Una vez dentro pude comprobar la existencia de una  profunda fragancia adherida a los huecos, habitando por esos excelsos pasillos inmaculados de vigilia forzada bien intencionada, y que de no haber sido por las altas horas que gastábamos no me hubiesen pasado desapercibidos hasta  estar más lúcida y tratable.

Se nos atendió como corresponde: amablemente, eficazmente, disciplinadamente, aburridamente.

Al día siguiente, ya entrando en la  madrugada, comenzaron las presentaciones. Uno ha de hacerse a los lugares y a sus gentes más pronto que tarde por eso de socializar, formar parte del asunto, ser alguien con nombre y apellidos. Nunca se sabe el tiempo de dispendio que tome el asunto del que se trate.
Yo, como tan solo me presenté allí en calidad de dama de compañía, no contaba, no disponía de un nombre. Todo el mundo (ese mundo) me obviaba con excepción de aquel señor de las piernas hinchadas hasta casi reventar, y aquella otra señora de ojos grandes a la que supongo le caí en gracia, pues no perdía ocasión de establecer cháchara en cuanto me veía.  Pasé pues bajo esos designios, a ser la cuidadora de pago  de alguien con nombre mientras el mío se esfumaba por los pasillos de lo innombrable como humo de cigarrillo y  de ese submundo que persistía  y persistiría año tras año a caballo entre lo existente e inexistente.  Mundos controvertidos que se prenden con hilos de resignación  mientras la vida así lo dicte. Un mundo que hace del ser humano un ser deficiente, caduco, miserable, dependiente...

En cuestión de pocas horas, ya nos conocíamos prácticamente todos. Lógicamente la vecina de la cama contigua era nuestra más allegada. Se estable una conexión íntima con esa persona en cuestión. Su vida pasa a ser la nuestra (yo era un apéndice anexado a mi enferma desde su ingreso, os recuerdo) y la nuestra la suya. Sabíamos de donde era, cuantos hijos tenía, sus dolencias, su edad y por desgracia su futuro más próximo. Estaba muy sola, y yo pasé a ser un poco también su apéndice. Lucía de una belleza obsoleta todavía notable en algunos de los rasgos de su níveo rostro, en sus grandes ojos, en sus facciones suaves y en ese pelo lacio entre canoso y rubio que yacía, como ella misma en esa silla, en los designios de su cráneo.  Pude ver la belleza de esa mujer contenida en los estragos de los años, y como esa sonrisa desdentada alguna vez hubo de embaucar a más de uno, todo ello, me consta, lejos de este país ya que, parece ser, trabajó durante  muchos años en Nueva York.
Nuestra más allegada era pues toda una fuente de experiencia, anécdotas y circunstancias  que dormitaban ausentes e in albis  en algún lugar de sus recuerdos muertos.
La surtía de agua, caramelos,  llamaba desde su timbre cuando la ocasión lo requería, e incluso la alimenté alguna vez. Conversación poca, pues era obvio que  una incipiente demencia senil comenzaba a ser partícipe de su cada día más exigua vida. Su único hijo estaba en el extranjero, donde ella lo dejó años atrás, y solamente hacía su aparición, vía teléfono. de vez en cuando. Después la mujer quedaba un buen rato en estado catatónico, y susurraba unas palabras mágicas... hijo, hijo, ven te necesito... como si así consiguiera devolverlo a "su vida". Durante estos trances lo mejor era ignorarla. La única hija que había parido en los años cuarenta, hacía ya tiempo que estaba en el camposanto esperándola y, según ella, la espera sería si Dios quería, corta...  muy corta. Noté como fantaseaba con esta opción de rencuentros próximos y que a mí se me antojaban  tétricos  a la par que esperanzadores. Una opción que para ella era como un soplo de aire fresco en esa pseudovida que desde hacía tiempo la torturaba y la mortificaba.
El rencuentro con su hija sería como empezar de nuevo, aunque fuese en otro mundo y otro tiempo.

La de la habitación contigua, pues otro tanto de lo mismo. Sola, senil, enferma, esperando...
Y la de enfrente aún peor, pues no llegamos a conocerla. Marchó, pero no por donde había venido, esa misma noche después de nuestra llegada. La parca ya le había anunciado su visita en varias ocasiones, y esta vez hizo su silente aparición definitivamente con un disciplinado previo aviso. Con noventa y seis años, su señoría siempre tiene la deferencia de preavisar.

La vida de la familia 216, era de lo más peculiar. La hija de ochenta, cuidaba de la madre de noventa y seis. Algo desalentador. ¿Cómo era posible?
Después de unos días de contacto la explicación llegó como el frío llega  en el invierno, porque si.
Su madre muerta en el parto de su hermano el pequeño, dejó huérfanos a seis lebreles al cuidado de su padre, algo inviable en aquellos años. Así pues, él mismo, partícipe de su propia voluntad, egoísmo y esa necesidad extrema que te  hace claudicar de todo sentido común, decidió casarse con la hermana de la finada en cuestión al poco tiempo. Es decir con su cuñada. Era por ello que solamente  las separaban  dieciséis años, pues la enferma  era su madre adoptiva, y su tía de sangre.
Yo pude observar que la decía mamá todo el tiempo. Supongo que el contacto hace de las relaciones un apego más grande del que podamos imaginar.

Cuando alguien hacía la maleta y empaquetaba sus cosas el drama hacía su estelar aparición. Tocaba la despedida, un adiós que probablemente sería para siempre. Besos, abrazos, intercambios de teléfonos que con toda probabilidad acabarían extraviándose entre los serpenteados vericuetos de una  realidad de vida ajena a esa.

Yo mientras tanto, seguiré anónima y sin nombre a lo largo y ancho de esos pasillos vestidos de recovecos, esas camas calientes de uso perpetuo, esas vidas pasadas de  gentes sin apenas futuro ni casi  presente, acompañando a la muerte o a la sombra que la rodea hasta que esta llegue.

© Concha González.



sábado, 11 de agosto de 2012



 LAS  CATACUMBAS 

Creo firmemente que la actividad laboral a la que uno se dedica, pasa factura más pronto que tarde.  Cuando me refiero a lo de pasar factura me refiero a que el saber estar, el comportamiento, los pensamientos, el día a día... Todo acaba circulando en una misma dirección. En fin, supongo que hay que saber o aprender a separar tu vida laboral de la personal, pero a veces son tantas horas de tu tiempo inmersa en una determinada actividad que la mente en ocasiones no consigue parar quieta y  se evade, vuela, se pierde...
¿Pueden imaginarse a un tanatoestético tratando de aconsejarte sobre el último grito en sombra de ojos?
 O quizás a un médico especializado en ginecología tratando de hacerte un tacto vaginal mientras hacéis el amor.  Dicho así resulta irrisorio pero se me ocurre que esta pequeña observación sobre el trabajo casa con algo que me ocurrió en un viaje que hice a  Roma hace un tiempo... 

Todo comenzó con una visita a las catacumbas. Visita obligatoria para todos aquellos que planeen descubrir esta idílica ciudad. Una amiga y yo decidimos que las catacumbas romanas, famosas en el mundo entero, eran merecedoras de hacer un dispendio de tiempo de al menos  una mañana entera de merodeo por sus lúgubres pasadizos. Acordamos madrugar para estar allí a primera hora. Consultamos a Don  Internet los horarios y  nos  informó de que a las nueve empezaban  las primeras visitas. 
Desde el exterior nadie  podía presagiar lo que se  podía descubrir una vez traspasada esa puertecita  que limitaba el acceso directo a las entrañas de la tierra.
Dado que las catacumbas son subterráneas, el verde y poblado jardín que engalanaba los alrededores no daban ni la más mínima idea de los siniestros pasadizos que subyacían justo debajo. 
Una vez dentro sacamos ticket. Alguien nos pregunto por nuestro idioma y al grito de españolas se nos fue asignado un atractivo peruanito de piel oscura  pelo azabache y bellos  labios  para lo que fuese menester. Quedamos algo impresionadas por el trato ya que en ningún otro sitio se nos había regalado con el ticket de entrada a una persona de carne y hueso hispano parlante para explicar de viva voz todo lo que allí, siglos atrás, había sucedido amén de despejar todo tipo de dudas que se nos pudieran presentar y sin límite de tiempo. Baste como ejemplo decir que nos quedó bien claro el que allí no moraban los cristianos perseguidos por los césares, por que "como muy bien podíamos observar, no había ni un solo rayo de sol que zainamente consiguiera colarse tras esas férreas paredes de tierra semi mojada y mal oliente".
En ese espacio de varios pisos de altura tan solo podías encontrar tumbas, ninguna otra cosa que no fuese un tétrico templo mortuorio y miles de pequeños huecos sutilmente adaptados al tamaño del finado en cuestión. Pude constatar que todos me parecieron pelín pequeños. Es decir, que el ser humano ha evolucionado a lo alto o bien que casi todos los allí depositados fueron niños, lo cual fue inmediatamente descartado por mi querido guía de carne y hueso al salto de mi ingenua pregunta.
"No. No solo yacieron niños, también adultos e incluso familias enteras como claramente puede apreciarse en algunos de los espacios  más grandes que se entre mezclan con los pequeños". "Incluso, cómo no, se disciernen a la perfección los adornos meritorios de la clase alta" (da la risa hablar de clase alta en esas circunstancias de persecución, pero el ser humano es así de esnob).

Bueno, hasta ahí todo normal  sino fuera por las miraditas que comencé a sentir anexadas a mi espalda, sobre todo hacia ese lugar donde esta  pierde su propio nombre, provenientes todas ellas de mi moreno peruanito. 
¡Vaya! pensé, tiene ganas de juerga... Tantas horas aquí metido...
Yo, ante ese escenario de muerte, oscuridad y frío (juro que hace un frío de muerte ahí abajo)  dudé entre seguirle el juego o hacerme la loca ante lo  inapropiado del lugar y de la situación. Seguirle el juego por lo morbótico del asunto y hacerme la loca por exactamente lo mismo. No sé, en la cultura española siempre se ha sentido un respeto especial por la muerte y sus entresijos y me consta que en la cultura sudamericana también. Además a medida que bajabamos de piso el aire comenzó a escasear de manera evidente  y una persistente claustrofobia comenzó a amenazar mi psico de forma dramática.
Y ocurrió.
Repentinamente sentí sus labios sobre los míos,  sus brazos abrazándome (valga la cariñosa redundancia), mientras lanzaba mi nombre al aire, y me sentí tan bien  que le devolví el beso, el abrazo y me oí a mi misma susurrando entre dientes algo así como...peruanito ardiente...
Entonces escuché otra voz que me nombraba, una voz que me era muy familiar, menos grave y un poco impertinente. Era Paula, mi amiga llamándome a gritos entre asustada y avergonzada por mi patético comportamiento. 

Después ya en el exterior, con la cálida luz del sol, con ese oxígeno que todos merecemos para vivir  y una reprimenda de no te menes de Paula, me alegré de estar en una parte del mundo a la que casi con toda probabilidad no volvería jamás y supuse que todos los espectadores que tuve o pude haber tenido (creo que cuatro o cinco bajaron a ayudar) me mencionarían en algún momento de sus vidas y se reirían de lo lindo todos a mi cuenta.  Pues ¡Qué les aproveche el rato!

¡Ay que ver!,  lo que hace la anoxia  o falta de oxígeno en una mente humana, y sobre todo lo que hace que a una la haya plantado el novio de toda la vida pocos meses antes de la boda con absolutamente todo preparado  por una venezolana de culito prieto de veinticinco años (diez  menos que la que suscribe)  sin ninguna  explicación.

Nota aclaratoria del autor: Sé a ciencia cierta que el inicio del relato no tiene mucho que ver con su final, pero es mi relato.  Decir a mi favor tan solo una cosita y es la de que desde  mí estado catatónico de semi inconsciencia (estado en el que entré por la falta de aire y la claustrofobia de la que siempre he adolecido de manera exacerbada, por si alguno aún no había caído en ello),  el peruanito y yo nos metíamos mano en uno de los huecos mortuorios, eso sí, de los familiares y eso sí también, de los de la clase alta. Faltaría más.

©Concha González.

miércoles, 1 de agosto de 2012





EL BLOQUEO

¡Curiosa observación, siempre desde el respeto, la conducta del ser humano!
No parecemos ser capaces de soportar, unos más otros menos, las actitudes de indiferencia hacía nuestra persona, o al menos  eso se me antoja a mi y es por ello el porqué de estas letras.

Por alguna razón explicable o inexplicable, todos nos sentimos especiales de algún modo. Desde niño ya se trata de captar la atención de los demás, principalmente la de la madre. De adolescente el ultraje todavía es aún mayor, cabriolas peligrosas, chulerías grotescas, asedios tediosos, todo con tal de llamar atenciones en rededor. Lo traumático del asunto es que la situación no parece mejorar con los años y ya de adulto el problema persiste y las posibles soluciones también. Seguimos pues creyéndonos especiales, cada uno en su especial medida, valga la redundancia.
Nos gusta que nos quieran, nos llamen, nos respeten, nos adulen, nos agasajen... y que nos lean a todos aquellos que de buena o mala manera lo hacemos.
No nos gusta que nos ignoren, nos critiquen, nos ignoren, nos ninguneen, nos ignoren...

Conocí un caso muy grave en el que dos amigas de la infancia dejaron de dirigirse la palabra a través del Facebook. Una bloqueo a la otra, para siempre. Fueron juntas al colegio, al instituto, a la universidad, crecieron en el mismo barrio, durmieron juntas en camas de noventa en innumerables ocasiones, compartieron piso durante años, fueron las madrinas de sus bodas respectivamente, pero un buen día la vida las separó.
Al principio se llamaban por teléfono siete veces por semana, luego, seis, cinco, cuatro, tres ....
Después una vez al mes, cada dos meses, tres meses....
Pasaron años en esa dinámica hasta que el teléfono dejó de sonar. No se supo claramente quién fue la última en llamar, pero supongo que eso es lo de menos. El caso es que un buen día nació Facebook y ambas se volvieron a encontrar y se hicieron de nuevo amigas desde el desconocimiento absoluto de una de ellas de quien era la otra. Le dio a "agregar amigo" de manera mecánica, quizás por el arduo deseo, al hilo de lo anterior, de ser popular, de que no la ignorasen, de ser alguien importante, creyéndose eso de que ..."cuantos más amigos tienes en Facebook, más interesante eres"... Aunque parezca increíble no reconoció la foto del perfil de su ex amiga íntima, lo cual al margen de todo esto da que pensar. Tanto había cambiado. Cuando la amiga agregada autora de la previa invitación consiguió acceder a sus mensajes, la envió su más cariñoso saludo, la preguntó por su vida, quiso volver a empezar. Nuestra amiga bloqueadora fue en ese momento cuando cayó en la cuenta y la  reconoció, para  acto  casi seguido  comunicarle mediante mensaje personal que efectivamente no se había percatado inicialmente de quien era y que sus manos, aquellas con las que más de una vez se habían unido al andar, no parecían ser las suyas  y eso la había confundido (lo que hace el arduo trabajo de año tras año).
Después procedió a bloquearla, así sin más, como última medida extrema  de  llamada de atención y para dejar bien claro que seguía existiendo aún que solo fuera para eliminarla de la lista de sus amigos virtuales y claro está de la de los reales.

©Concha González.


domingo, 8 de julio de 2012


HURTO PROVOCADOR


Mi carrito de la compra rebosaba. En su interior podíamos encontrarnos una miscelánea de productos de lo más variopintos. Gel del cuerpo o bodymilk que se dice ahora, papel de culo, compresas con alas y sin alas, dentífrico. En la sección bebidas: cerveza litrona, zumos tetrabrik, leche semi, cava del barato para alguna ocasión especial. Sección carnes: bandejas de salami, pechuga pavo, filete pollo. Sección golosa: croissants de chocolate, galletas rellenas de chocolate, bizcocho de chocolate. Sección frutas: un melón, cereza picota, media sandía de esas que hay ahora sin pepitas. Sección pescado: bacalao al punto de sal....y fue entonces cuando la vi. Me saludó con un movimiento de cabeza al uso de la zona, sin demasiadas familiaridades, así como de pasada. Como todos hacemos, observé su carrito y comprobé que apenas si tenía algo dentro. Ya sabes, dime que compras y te diré quien eres. Supuse que acabaría de llegar. Era cuestión de esperar un poco para cotillear la clase de cosas por las que se decantaba la alcaldesa del pueblo. Persona altiva donde las haya, siempre de peluquería, vestida de marquitas caras y con un  perpetuo rictus de superioridad en el rostro. 
Si. lo sé. Cualquiera podía ver que hablaba, pensaba y actuaba desde la pura envidia, el rencor más exacerbado, la rivalidad más absoluta. En las últimas elecciones me había dejado a la altura del betún. Había sido el hazmerreir de mi pueblo, "la burla" con todas sus palabras. Todo el mundo parecía desde entonces señalarme con el dedo...¡Ahí va esa perdedora, pobrecita, vaya palo que le dieron! 
Siempre pensé en el sabotaje. Seguro que eso fue, sabotaje. ¿Cómo pudo ser que me ganase por mayoría absoluta semejante niña pija de tres al cuarto? Aparentadora irreal de lo que no tenía, que por no tener no tenía ni carrera y eso que ahora eso valoraba mucho. Sin embargo yo si que la tenía. Además me desvivo por la gente, siempre haciendo favores, escuchando como psicólogo en consulta, aconsejando gratis en muchas ocasiones. La gente es una desagradecida.
Observé que me miraba lacónica desde la distancia. Se sonreía de un modo extraño, como si jugase conmigo una vez más, como si supiera lo que estaba pensando. Dirigió su carro hacía la sección de lácteos y yo la seguí disimuladamente. El pasillo se encontraba desierto, cosa rara. Tan solo ella y yo lo poblábamos en ese momento. Fue entonces cuando lo hizo. Mirándome a los ojos introdujo un cartón de leche de los de 60 céntimos en su carísimo bolso de cartier con una osadía y tranquilidad digna de altos mandatarios. Yo no daba crédito. Lo había hecho para provocarme, de eso no cabía la menor duda, y supongo que además me estaba retando a que la imitase. A ver quien tiene más "guevos".
En ese mismo instante comprendí. Ella era la ganadora y yo la perdedora. Así había sido en la elecciones y así estaba siendo en ese mismo momento.
En la caja mientras cabizbaja pagaba mi monumental compra, observé de reojo como se marchaba sin bolsa alguna,  haciendo ostentosa gala  del bulto extraño que provocaba el cartón de leche en el interior de su bolso. Aunque claro estaba, que eso tan solo lo sabíamos ella y yo.
Ya en el exterior, mientras yo pujaba como podía por el pesado carro que siempre se empeña en dirigirse hacía el lado equivocado, mi querida alcaldesa, que aguardaba paciente a la salida, me despidió desde la esquina con el cartón de leche en la mano como si ondease la bandera de España.

© Concha González.

martes, 3 de julio de 2012



MORBO

Por fin las cuatro. Hora de echar el cierre al curro. Mañana será otro día. 
Me dispongo a salir y ya desde la ventana observo una gran nube negra coronando el cielo que nos cubre. Escucho como la gente alrededor se lamenta.
- Hay un incendio cerca de aquí -comenta uno.
-Dicen que son los coches del parque del Cid- expone otro.
Se escucha el ulular del inconfundible coche de bomberos en la lejanía primero, en la medianía después y unos segundos más tarde en la cercanía. Un nauseabundo olor metálico inunda mis pituitarias mientras pienso que lo más apropiado es alejarse de la zona más pronto que tarde por si acaso.. 
Avanzo deprisita presa  de una angustia de difícil explicación, pero de fácil sentimiento. Después de unos minutos consigo alcanzar mi coche y con mano temblorosa aprieto el botoncito de la apertura mientras casi a la vez me aposento enfrente del volante. Al cerrar la puerta siento una sensación de pueril seguridad. Arranco y salgo a toda mecha por la dirección que a diario utilizo y cual será mi sorpresa que a medida que conduzco me voy acercando al meollo del asunto. Empiezo a ver coches semiaparcados, gente amontonándose, policías gestionando el caos y en ese momento noto como mi miedo desaparece por completo de tal modo que  hasta elucubro que esa podría pasar a ser la atracción de la tarde que aún me queda por gastar y que así a priori se presentaba aburridilla. Pienso en las decenas de personas que allí están pasándoselo pipa, llegando a deshora a sus trabajos de la tarde, a buscar a sus hijos a las guardes, a los coles, a las actividades extraescolares, padres seniles en los centros de día esperando, tiendas sin abrir, clases en la facultad, privadas o de idiomas todas ellas ya perdidas, cambios de turnos en el hospital al carajo, el café de las cuatro y cuarto tendrá que ser ya el de las cinco menos cuarto con el consiguiente riesgo de insomnio nocturno por pasarse de la hora.
Definitivamente tiene que merecer la pena aparcar y ponerse a observar el desastre que estaba ocasionando el fuego en esos pobres coches aparcados, las caras de disgusto de sus dueños,  la policía en acción y ...¿qué me dicen de los bomberos?, se salen. Tanta gente no puede estar equivocada. 
Pienso en tomar unas fotos con mi magnífico smartfhone de recién estreno y colgarlas en facebook esa misma noche. Seguro que tendré unos cuantos "me gusta". A la gente nos gustan estas cosas así.
Busco sitio por todos los lados. Todo ocupado. Me alejo con pesar del escenario mayor pero nada, sigue sin haber plaza para mi y mi coche. Todo lleno. Sigo y sigo y ...nada. Es la primera vez que me pesa tanto el doscientoscinco. Imposible de aparcar.
Me entra una rabia espantosa y retrocedo por el carril de vuelta que la poli a duras penas consigue mantener despejado y en un subidón de aquí te espero bajo la ventanilla y grito voz en alto:
-Morbosos, que sois todos unos auténticos morbosos...

sábado, 30 de junio de 2012


LA CITA


A pesar de todo, aún quedo contigo de cuando en cuando. Suele ser  una de esas citas ineludibles, impensadas, guarecidas bajo los ignotos designios de las almas estultas y abnegadas, citas irresolutas que tan solo están ahí como contumacia perpetua a nuestros hábitos pasados, citas sin mayores ni menores  pretensiones. 

El escenario siempre es bien distinto. Las calles, los barrios, el cine, un restaurante. Nunca se sabe. 
De repente apareces de la nada, como postulante a llamar mi atención para sacar fuera de juego a todo lo demás. Antes lo conseguías siempre, ahora con algo más de dificultad. 
Supongo que es cuestión de tiempo que en tus cada vez más nimias apariciones, semejes un cero a la izquierda, una gota de lluvia en el mar, un grano de arena en el desierto... supongo.
Ahora mismo, la cita ineludible no me deja verte la cara, ni tocarte, tan solo hablarte. ¡Curiosa manera de citarse!
Ahora mismo, cada vez que nos encontramos, suspiro hondo en mis adentros tratando de mantener una calma que no siento, y te hablo, te saludo, charlamos de la vida, de la suerte, nos miramos (pero no nos vemos), nos abrazamos pseudoamistosamente (pero no te siento).

Después siempre es lo mismo. Me despierto en mi cama. Me levanto y continúo con la cita anexada a mi cerebro durante un buen rato, hasta que el inexorable paso del día te despide sin remordimientos.
Quizás esta sea la última...

©Concha González.

domingo, 17 de junio de 2012


EL ESCENARIO 


Y allí estábamos todos y todas de nuevo. Amalgamados como si de un solo ser se tratase, unidos por el cordón umbilical de las niñeces y pre adolescencias de nuestros hijos, nietos y... para de contar. Al principio de cada principio todo  sucede de forma y manera que cabría pensar en una gran familia. Una familia unida con un propósito loable, ético, educativo, e incluso bello, aunque como se suele decir de la belleza no se coma. En fin, lo que se dice un idilio en toda regla. Todo son buenos deseos, miradas amigables,  guiños de ojos e incluso algo de tacto físico. Besos de reencuentro, fases amables y bonitas, ganas de agradar, aparente amistad sin dobleces ni mentiras. Ayuda al más débil, al más desamparado, uso del lenguaje más correcto, cálido interés por los demás y sus circunstancias, palmaditas en la espalda y expectativas a la espera de ver que pasa.

De repente se da la vuelta a la tortilla, porque de no hacerlo quemaríamos una de las caras, y todo cambia. Los actores del evento se agrupan a corrillos, los guapos con los guapos, los feos con los feos, ordenadamente todo ello, en los que raramente se cuelan intrusos indeseados. Es entonces cuando comienzan a desaparecer los mimetismos más hipócritas. El ser humano como tal tiene sus límites, y fingir produce un cansancio físico y mental arduo y penoso. No queda títere con cabeza.  Un amplio elenco de palabras, frases, dichos y redichos usurpan repentinamente las mentes de todos y todas y pugnan a muerte con la cortesía, el saber estar y la educación. Entonces sucede. Lo ves en las caras de todos y todas. Miradas bajas soslayando la diana de su enfoque. Susurros cómplices de palabras pronunciadas sin pudor entre la barahúnda del momento. Gestos mal disimulados para aquel observador pertinaz que permanece en el silencio tras los visillos de su ventana indiscreta y mientras...los niños y niñas continúan felices y entregados a su cometido impuesto, dándolo todo para los todos y todas que allí permanecen con sus sonrisas desajustadas y controvertidos sentimientos ocultados bajo las faldas y pantalones de raya requeteplanchada, ignorantes cándidos del desuello. 

Después  tan solo queda el silencio. El escenario vacío, los telones bajados, las luces apagadas, los actores cansados pero ilusionados. Todo pareció salir según lo ensayado. Ya en sus casas, relajados con los pies encima de la mesa, recuerdan lo pasado. Ansían repetir  otro encuentro y otro escenario.

© Concha González.

martes, 15 de mayo de 2012


LA TIRANA
Desde hace un tiempo me acecha, me acosa, me persigue misteriosamente. No da la cara, tan solo muestra un perfil sinuoso, adusto, como de mandamás. En fin, me siento literalmente manipulada por su seguridad en sí misma, una seguridad aplastante digna de altos mandatarios y demás verborréicos ilustres.

Se sabe adorada, pensada, custodiada, e incluso perseguida…pero a mí me acecha. En ocasiones no respeta ni mis días ni mis noches alterándome el sueño de forma funesta e insalubre. Me roba el tiempo y los pensamientos, las horas los minutos, las tardes, las mañanas…me las roba y sin intención alguna, me temo, de devolvérmelas ni más tarde ni más  temprano.

El otro día estaba tomándome una café con una amiga de toda la vida y zás, allí apareció sin invitación previa. Se aposentó junto a nosotras inmisericorde y entre sus planes más cercanos no parecía estar el de irse y dejarnos a solas para seguir departiendo. Se aposentó y se quedó. Así sin más.

Una fuerza inexplicable que arroba mi ser entero provoca una catarsis en mi persona y esta en su contumacia pasa a ser de su propiedad, dejándome sin voluntad para nada más que para ella, motivo por el cual es de imposible cumplimiento el ignorar su presencia en mí.

Mi amiga me miró entre extrañada y atónita, cuando en la mitad de nuestra aburrida conversación, todo hay que decirlo, me saqué una libretita de las del muelle a un lado, un bolígrafo de propaganda, que por cierto tengo por miles, y me puse a escribir ignorándola por completo, olvidando miserablemente su presencia, olvidando incluso su cercana respiración.
La tirana había hecho su aparición y punto.

Después de un tiempo de declararme la guerra abiertamente, habíamos logrado firmar el armisticio. Ella aparecería de vez en cuando (prometía no marchar por siempre jamás de mi lado) y yo en consecuencia, acataría sus órdenes sin réplicas cada vez que apareciera fuese donde fuese a la hora que fuese. Y digo bien, fuese donde fuese y a la hora que fuese.
Y es que, la musa es la musa.
© Concha González.

martes, 8 de mayo de 2012



EL CAMINO
El camino se estrechaba cada vez más a mi paso. No solamente podía observar la proporcional angostura que se me avenía poco a poco, hasta casi devorarme por completo, sino que, además, la vegetación y la arboleda propia de la zona, se iban tornando en una certera inexistencia, mientras cielos y tierra se amalgamaban en uno solo.
Seguí avanzando inexorablemente mientras una férrea fuerza tiraba de mi persona. De pronto parecía no ser, no existir para ese tramo ya andado. Comencé entones a reclamar mi lugar en el camino siguiente, ese camino que ya avistaba desde la lontananza, y, a su vez, desde de una inexplicable proximidad. Observé de nuevo la amplitud que se me iba aviniendo poco a poco y comprendí.
Lo afronté con ardua resignación.
Tocaba empezar desde cero a caminar y esta vez preví, sería para largo.

© Concha González.

martes, 1 de mayo de 2012

EL REINO ANIMAL (PERSONAL DISERTACIÓN)

Desde que vivo en un pueblo, pero de los pequeños sino no vale, he empezado a entender el porqué del anti estrés que aquí se vive. La verdad de las  verdades es que cuando me refiero al estrés tan verbalizado de hoy en día, me estoy refiriendo al sexo. Sí, al sexo puro y duro.
Se dice, se comenta, se sugiere que es en las ciudades donde menos se copula. Claro está que no en número exacto sino en tanto por ciento. Las parejas con ciertos problemillas se van unos días a las zonas rurales para tratar de solucionarlos. Pues bien, se trata, supongo,  de un asunto de imitación, de observación, de dejarse llevar por la plena naturaleza de la  que el hombre, y ahí si que nadie me puede llevar la contraria, es parte desde los principios de los principios.
Aquí en el pueblo todo es sexo. Las gallinas con el gallo, el perro con la perra, la cabra con su cabrón. Todo el día dale que te pego. No voy a hablar de los gatos que hasta para eso son misteriosos, pero por lo demás es imposible no ver a lo largo del día una escena de sexo allá por donde vayas, así es que la lívido de los aldeanos está por las nubes. Donde va a parar entre elegir  pararse a mirar como pasan los coches por la nacional cuatro u observar las fornicaciones diarias  entre mi gallo con sus gallinas, cuernos aparte. Supongo pues, que como todos somos parte de la naturaleza y los mamíferos unívocos seres latentes, calientes y vivos en su sentir, tratamos como se puede en las urbes de mayor embergadura de tapar lo que no somos y claro...por algún lado ha de repercutir tanto ¿estrés?
No se engañen. En el fondo, todos somos animales.
Concha González©



CADA DÍA  PUEDE SER UN GRAN DÍA

Hay días que una se encuentra fuerte, con ganas de comerse el mundo, pletórica sin condiciones, en fin, lo que se dice viva y con ganas de seguir viviendo. Pues bien, hoy era uno de esos días en el aparente saco roto de mis días. Tenía una cita ineludible e importante, ¡tachan!, una entrevista de trabajo. Una entrevista de trabajo, pero de los buenos, y yo ya había sido preseleccionada con anterioridad, así es que, hoy era la prueba definitiva, el salto del trampolín, el desenlace final.

Mi vestido amarillo había sido el elegido entre muchos de los que colgaban en  mi extenso armario a la espera de ser convenientemente atendidos. Era femenino y provocador, pero sin pasarse, fácil de llevar (algunos pueden llegar a ponerte las cosas muy pero que muy difíciles), resaltaba el color de mi piel y además enseñaba mis piernas lo suficiente como para que quedara claro que eran perfectas, pero como ya dije antes, sin pasarse. No. El trabajo ni era de modelo ni de cara al público ni nada de eso, pero la imagen siempre cuenta creo yo y sino hagan la prueba. Bueno, a lo que iba. Vestido amarillo, sandalias color negro de tacón justo, una discreta chaqueta negra sobre mis hombros y un bolso por supuesto negro también a juego con las sandalias eran mis armas de mujer escogidas para la ocasión, la fachada se entiende. Monísima. Maquillaje el justo también y el pelo suelto pero impecablemente alisado con mis planchas última adquisición de Media Mark. Ya era algo tarde, tenía que atravesar todo el centro para llegar a mi destino y lo peor es que era hora punta.

Saqué el coche del garaje, un  seat Ibiza que aún se portaba a pesar de sus diez años de vejez y rodaje.
Pude comprobar que los pequeños arreglillos efectuados sobre mi persona momentos antes eran notorios. Varios piropos de los aburridos, algún giro inesperado de cabeza resórtica, dos o tres silbidos...Suficiente para mi ego de medio diva.

Monté en el coche y me dispuse a salir pies en polvorosa.
 ¡Vaya manía con decir que las mujeres conducimos así, o asa, que si demasiado despacio, que si maniobramos mal, que si tela con lo del aparcamiento! Yo era un “as” de la conducción, Fernando Alonso hecho mujer. Mi Ibiza y yo éramos uno solo. Nadie ni nada nos frenaba. Como caballo y jinete. Avancé por la carretera hasta acceder al centro. El semáforo se puso rojo y frené por completo  al compás de Laura Pausini. De repente noté como me embestían de forma súbita.
¡Lo que me faltaba, un golpe por detrás con la prisa que llevo y encima en mi coche del alma! Algún atolondrado recién sacado el carné o un repartidor mangado, o puede que un mobilparlante atolondrado o a lo peor las tres cosas juntas. ¡Me cachis la mar, vaya mierda!

Bajé del coche echa una auténtica furia dispuesta a comerme al autor de tan desafortunada película, en la cual  yo había pasado a ser, por azares del destino, una de las protagonistas con carácter obligatorio.
Los ojos me echaban chispas y el vestidito quizás se había subido en el cenit del  arrebato, un poco más de lo conveniente. Bajé, eso sí, a lo Marilyn Monroe un poco por el vestido de marras un poco por el guion previamente ensayado de fémina come mundos con el que me llevaba sugestionando la mañana entera.

Y allí estaba él, de frente a mí mirándome como un pasmian, el culpable del desaguisado, con la boca semiabierta y los ojos desorbitados tratando de balbucear algo inentendible. Le llamé abobado, berzas, le dije que me había hecho la pascua, que además de fastidiarme el coche llegaría tarde a la cita de las citas, que dejara de mirarme las cachas como un pánfilo y que llamase a su seguro que le iba a dar un buen palo y  finalicé rematando con un “hombre tenías que ser”.
Cuando conseguí callar, me percaté del público que habíamos conseguido reunir. Algunos  nos miraban con cara de circunstancias, otros burlescas, otros se ceñían en exclusiva a mis cachas, y otros  claramente  se reían carcajada limpia. 
Fue entonces cuando "el presunto autor" explicó lo acaecido con meridiana claridad:
 "mire señorita,  no he tocado su coche en ningún momento, a sido usted la que durante la parada en el semáforo ha soltado el freno y sin intenciones de criticarla, Dios me libre, con la música a todo volumen no se habrá  dado cuenta, supongo yo,  que iba reculando hasta chocar conmigo, y yo no he podido reaccionar a tiempo para impedirlo. Lo siento".

Me quedé mirando para el hombre, que por cierto era de la clase de los repartidores mangados y mobilparlante, y algo azorada me oí a mi misma decirle un "lo siento" bajito, casi imperceptible. Llegados a este punto, con suma rapidez le extendí  mi número de móvil y el de la matrícula del coche y me despedí argumentando lo de mi entrevista importantísima, no sin antes observar con cierto sentimiento de culpa el bollo de su furgoneta mientras escuchaba el alarido inequívoco de la policía acercándose al lugar. 

Cada día puede ser un gran día. Pudo haber sido peor. Seguro que aún llegaba a tiempo…lástima de vestido, se había arrugado tanto…
Concha González©

lunes, 30 de abril de 2012

EL SILENCIO

Me gusta el silencio. Sus magnánimos sentires, sus inacabados pensamientos, sus largos espacios en el tiempo.
Me gusta  su lucha por destacar en este ruidoso mundo que clama y reclama como hipócrita plañidera, a gritos lo que es suyo, aunque finalmente no le pertenezca.
Me gusta por su limpia sinceridad, por su saber estar en esos momentos difíciles en los que mantenerse firme en su silente postura se torna casi en un imposible. También de como se ocupa de nuestros ignotos secretos guardándolos y cobijándolos al calor de sus misterios.
¿Quién no gusta del silencio?
Por sus llanos senderos descubrimos como nuestros propios ecos nos murmuran al oído lo que ya sabemos pero no entendemos; como nuestros impensables anhelos abogan por ser pensables y con ello en alcanzables.
Por esos mismos senderos, también oteamos la beldad de nuestro ser interno, las mentiras que guardamos tras neblinas de fuego y, que a lo mejor, no creemos.
El silencio escudriña tu alma hasta hacerla ruborizar de miedos.
Miedos de encontrarnos a solas con nosotros mismos y no saber que decirnos.
Miedos de mirarnos a la cara y no poder sostenernos la mirada.
Miedos opacos, que no se observan a la luz de ruido, tan solo se muestran con la nívea claridad que emana ...el silencio.
Si. me gusta el silencio.

Concha González Fernández©

ETÉREA PERMANENCIA

 Me encuentro insondablemente aferrada a mis recuerdos.
Recuerdos espinosos e hirientes como los agrestes zarzales del campo.
¡Que curiosa es la memoria!  En su afán por encontrar la eterna felicidad, trata taxativamente de borrar con automático desgaire, esos ayeres susceptibles de entorpecer tus prometedoras mañanas, manteniendo en enhiesto cenit aquellos otros que apuntalan fuerte futuras ensoñaciones, que cauterizan cruentas heridas de guerra, que hacen palanca para lanzarte pletórica y con firme seguridad a devorar el mundo.
Pero yo, aún me encuentro fuertemente aferrada a mis facundos recuerdos.
Estos caen silenciosamente atrapados en mi atormentada alma, adhiriéndose sin posibilidad alguna de  escape, como inermes insectos en falaces telarañas.
Permanezco sin resuello en un aquiescente estado de insidiosa  abulia, barruntando un inevitable final,  esperando pacientemente la llegada de una salvadora catarsis para subterfugio de esas tenaces rememoraciones que me están matando, y así escapar serpentinamente a sus fríos desaires y  ardorosos desvelos.
Permanezco mortalmente herida y con irreversibles secuelas, tratando a duras penas de avanzar sin miedo, pero temerosa de sufrir de nuevo.
Me encuentro pues, anclada a mis recuerdos secretos, vaga e intermitentemente custodiados por mis estultos anhelos. 
Concha González©

viernes, 27 de abril de 2012


LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

Podía oírla claramente desde mi interior. Ese interior que todos tenemos y que parece solo tuyo, pero que al final de los finales nunca es así y acaba  perteneciendo también al mundo.
En el exterior reinaba una sinuosa ley, "La Ley del Silencio",  tan solo rota de vez en cuando por unos llantos ahogados que simulaban  no expresar nada tras su mutis, pero que  aullaban, gritaban y clamaban tras su silente existir, todo lo que tú quisieras escuchar. Y yo quería escuchar, quería saber que atormentaba a esa persona que a lo largo de meses y meses de compartir faena conmigo se había convertido en una buena amiga para mí y mi familia, quería ayudarla mientras una conciencia algo sabelotodo de mi mismo nombre me llamaba cotilla tediosa y espía de chichimundi.
Pero mi interior conseguía alzar su voz tapando la de mi conciencia y me hablaba susurrantemente fuerte al oído para  decirme:
Sus ojos caídos anuncian vergüenza.
Sus manos nerviosas expresan cautela.
Sus mejillas pálidas gritan un dolor que el mundo casi nunca comprende en toda la inmensidad con el que atormenta.
Su mesa contigua a la mía, exhalaba circunstancias, casi todas adversas. Y yo, mientras tanto alcanzaba a sentirlas agoreramente pululando  por mis alrededores y  mi suplicio era callar. Confinarme en mis cuatro sentidos, dentro, fuera, arriba y abajo y esperar. En casa me aconsejaban no inmiscuirme, no intervenir donde nadie me había llamado, no destapar lo que a lo mejor o peor no existía excepto en una imaginación ávida de emociones. Aún con todo eso, yo no podía por menos de espiar, augurar y barruntar que algo secreto y mórbido se ocultaba bajo esos ojos, manos y mejillas. Algo oculto bullía bajo esa superficie de mujer perfecta, eficiente, metódica, atractiva…y yo podía olerlo, tocarlo, palparlo y si era necesario aplastarlo. 

Fue un buen día que tuvo que irse de repente debido, según sus propias palabras, a una  súbita indigestión cuando aproveché para seguirla. Por supuesto fingí una salida absolutamente necesaria al banco. Cogí unos papeles cualesquiera, los metí en mi carpeta y procedí  a pisarla casi literalmente los talones. La persona objeto de  mi investigación bajó a la calle, cruzó de acera, volvió la esquina, entró en un bar, pidió un café, miro su reloj tres veces y tres veces suspiro. Fue, supongo, al baño, bostezó y por fin pagó. Sonreí para mi interior. Primera pista descubierta: no estaba indispuesta. Nadie se toma un café con una indigestión ni anda de bares tan dicharacheramente en semejantes circunstancias. Había sido una farsa, una escusa para escabullirse del trabajo a media mañana.
Salió del bar y siguió taconeando por todo lo largo  de la calle hasta llegar al final de la misma. Allí se paró y encendió un pitillo, marca Malboro. Prosiguió su caminata hasta llegar a una fuente de la que bebió un sorbito de agua. Continuó hacía abajo hasta desviarse, y yo con ella, casi por completo de la ciudad. Sonreí de nuevo. Segunda pista: se aleja de la ciudad por alguna razón de peso. Llegados a este punto comencé a sentir una curiosidad alarmante, casi imposible de soportar, un subidón de adrenalina adiccionadora que  se  entremezclaba homogéneamente con un miedo incipiente próximo a manifestarse, pero aún enjaulado por en el sentimiento morboso del cotilleo más exacerbado, la sutilidad de la astucia y la precaución de la  sensatez.

Y aquí finaliza esta historia. Mi historia. La  historia de una mujer felizmente casada, buena compañera, trabajadora hasta la extenuación, aunque eso sí, un poco curiosa. Así fue como descubrí que mi marido me engañaba con otra, mi compañera de mesa contigua. Así fue como  dejé de hablarme con mi compañera de mesa contigua. Así fue como me despidieron del trabajo alegando deslealtad hacia la empresa por  abandono de puesto con mentiras y engaños en plena jornada laboral. Lo único satisfactorio de todo este asunto es que una empresa de detectives privados  me ha puesto a prueba para seguir a parejas que no gozan lo que se dice de plena confianza y creo que me va a ir muy pero que muy bien.

Concha González©