miércoles, 23 de octubre de 2013

LA DIGNIDAD






LA DIGNIDAD 
Hubo un tiempo no tan lejano (ojos que aún miran a mis ojos lo corroboran) que las personas ancianas trabajaban a lo largo de toda su vida, como y cuanto podían. Solían acabar sus días amparadas por hijos, nietos o algún otro familiar que se prestase en caso de necesidad. 
Como y cuanto podían. 
Dicen esos ojos que aún miran a los míos, que el señor Gaspar recogía nueces o peras o higos (antes no se preaba nada) caídas de los árboles del huerto mientras se sostenía con su cacha de fresno para mantener el equilibrio y no caer, pues carecía de la pierna derecha desde hacía años, secuelas de la guerra. Las otras, las no caídas, las alcanzaba con sus manos enfermas de artrosis severa con una facilidad de experto. Dicen también, de como algún otro de su quinta permanecía sentado al sol duro y recio del invierno leonés escogiendo habas, garbanzos, lentejas... pelando pollos, escachando patatas, afilando con la piedra la guadaña… normalmente los más flojos de salud.
Dicen que en el caso de las mujeres el asunto se afanaba sol para empeorar. La señora Domitila ciega de glaucoma (se sabe ahora), fregaba cada día (era la encargada oficial de dicha faena) la vajilla familiar cuidadosamente, tan cuidadosamente que se enorgullecía ante todas sus vecinas de no haber resbalado jamás plato alguno, pues no era caso de perder la loza por torpeza. Sus dedos repasaban cada borde, cada hueco, siempre meticulosamente, con el fin de que con su esmero la hiciese brillar como la luz que no veía.
Dicen que la señora Everilda cultivaba un huerto que surtía de condumio a la familia y a las bestias más pequeñas de la casa y que murió con ella justo al mismo tiempo. Pasaba de los ochenta.
La señora Agripina nunca supo de descansos. Cuidaba de sus ocho nietos, como casi no había podido cuidar de sus nueve hijos.
La señora Rogelia atendía el puesto de verduras en el mercado del pueblo diariamente, todas y cada una de las mañanas que le pertenecieron, ni una más ni una menos.
Hubo un tiempo no tan lejano, que parece pretende volver a restaurarse, como si solo hubiera huido a descansar de sus disparates brevemente, como si el sillón de la indolencia lo reclamara nuevamente a su servicio.
Hubo un tiempo que parece pretender volver con sus disparates.


Concha González.©

©Imagen de la red.

domingo, 8 de septiembre de 2013

LA AMENAZA



LA AMENAZA

Después de recibir el último envite,  acercó sus labios al oído y le susurró  las dos palabras malditas de la profesión: te quiero.


Hizo como que no la había escuchado. Dana (nombre de guerra) le gustaba de verdad. Alargó el brazo para alcanzar uno de los cigarrillos del paquete entreabierto que junto con un espléndido encendedor de oro (regalo de su último y recién aniversario de bodas) y un iPhone de última generación, descansaban lánguidamente sobre la mesita. Ella aprovechó el movimiento para susurrárselo de nuevo, esta vez contra sus labios. Ya no había escapatoria, el mal estaba hecho. Lo peor: que decía la verdad. Esas cosas se saben. La amenaza proferida apuntaló directamente al corazón y penetró de lleno.  Él así lo sintió.  Su mala cabeza le acabaría trayendo  la ruina y no estaban los tiempos para gilipolleces. La carrera de su hija en Oxford costaba una pequeña fortuna y ante todo y sobre todo se consideraba a sí mismo  un buen padre.  Su esposa  debería, en lo sucesivo, estar un poco más más atenta en las elecciones. En esos menesteres de mujeres, él siempre había preferido no participar. Era la tercera chica este mes que perdían sin remedio y eso era el antónimo de beneficio.  Al final tendría que acabar teniendo que admitir que los negocios era cosa de hombres.

Miró por última vez esa belleza rubia de metro ochenta y suspiró. Dana le gustaba de verdad.

©Concha González.
Imagen de la red.

domingo, 7 de julio de 2013

senectud



SENECTUD

Nuca supe de un modo acertado cómo acallar mi desperfilada conciencia. Ésta, me ha manipulado impunemente desde que tengo uso de razón.

Es difícil imaginar cuanto pueden pesar unas horas de cama de más, o cuanto tiene que decir esa calma desasosegada a cerca de los pensamientos que desarman la entereza.
También- aludiendo de nuevo a la conciencia- me han hablado desde la trastienda, los juguetes rotos, aquellos celos infantiles que producían, quizás con demasiada frecuencia, alguna que otra mentira malintencionada. También algo tuvieron que opinar, aquellos suelos movedizos sobre los que caminaban nuestros sueños, aquellas pertenencias secuestradas del algún otro ejemplo televisivo, aquellas vomitonas que pretendían ahuyentar de nuestro lado la adolescencia.

Ahora, desde este lado de la vida, observo quedo e impertérrito como de vez en cuando ignora mis pasados, mis presentes, mis futuros… dejando libre la libertad. Entonces, los senderos se vuelven senderos, la luz simplemente ilumina,  el viento simplemente sopla, y la luna comienza a ser luna. Ahora, las horas pasan y ya nadie te mira a los ojos, pues ya nada tienen que ocultar tras su mirada.

Ahora la soledad me acompaña frecuentemente. He aprendido que es una amiga tirana, pero en el fondo de los fondos tiene su corazoncito y rezuma un alma respetuosa, callada…

Ahora todo es ayer. El mañana permanece anclado en el quizás y la carrera ni está perdida ni ganada.

Ahora puede que comience a vivir.

©Concha González.
Imagen tomada de la red.

sábado, 18 de mayo de 2013




LA VIDA

Ahí siempre. 
En primera línea de fuego, sacando pecho.
Entereza revestida de una irrealidad abierta, descarada, cercana al desdecoro, rozando el bello arte de la magnitud descomprimida, fiel a los fieles cánones de su época ilimitada ... 
                   ahí está, ahí es siempre.
Siempre.

Qué incipiente letra abecedal conducirá sus adeptos camicaces.
Cuál será el real significado que su nombre inspira.

El letargo de su simiente desperezará algún día su lucha, sucumbirá al letal sueño de Blanca nieves
practicando el obstinado beso que asfixie al deceso.

Nosotros, todos,
carecemos de su empeño, pero nosotros, todos, somos la esperanza
que sostiene su nombre,
el corte de su traje inacabado;
somos relevistas de una misma carrera
en distintos tramos
con distintos rasgos.

Nosotros, todos,
asidos a la certidumbre de su finitud,
asidos a su infinita incertidumbre, jugamos el  juego con la falsa obediencia
del condenado a muerte

porque

en caso contrario
nada seguiría como siempre.

©Concha González
Imagen propia ©

sábado, 27 de abril de 2013


¿PARA SIEMPRE?

Más que encuentros, lo que Edelmíro y yo veníamos practicando de un tiempo a esta parte eran desencuentros. 
Una manifestación clara y rotunda de  la obviedad  implacable de la utilización del set de "necesidades  extra urgentes".

Dicha necesidad acabó desencadenado el paso al segundo "round"; pegar más fuerte, golpear bajo y contundentemente, pero sobre todo y ante todo,  había obligado a sopesar la seria valoración del uso ilícito de un arma poderosa e infalible: el arma de la disuasión por pena.

Practicar el juego de la lástima amén de sollozar lágrimas de cocodrilo atormentado, siempre fue oportunidad aprovechada, la más sutil e inexplicable de las venganzas, la  mejor forma de llevarse el gato al agua.
En realidad era la forma ideal de ganar perdiendo o dicho de otro modo,  de perder ganando.

Era la tercera vez que se me intentaba eliminar de un espacio vital en común con artimañas indignas de  hombre que se precie de serlo. Artimañas tales como:  "no eres tú, soy yo", " hemos de darnos un tiempo para pensar", "quizás te merezcas otra cosa mejor", en vez de plantar la cara y exponer a pie de pista: "tengo una rubia, diez años más joven,  loca por mis huesos" , "¿te comenté lo de los diez años más joven?" o "en la variedad está el gusto y he decidido variarte", "variarte por la rubia diez años más joven, por si no lo habías entendido" ...

Pues bien, cada vez que el juego comenzaba, se sucedían la siguientes secuencias: primero el gin-tonic, segundo, encendido de cigarro y  tercero mirada  con cara de circunstancia anómala. Ese era el disparo de salida previo a la carrera verborréica que amenazaba con llegar.  Justo en ese punto y no en otro es donde  empecé  a  aprender a precipitar el curso de la situación.

Todo esto era hartamente cansado a la par que incómodo. No me sentía merecedora de tales circunstancias,     no me sentía merecedora de tal indignación. Pero ¿quién  estaría  dispuesta a renunciar por culpa de alguna  loba en celo (diez años más joven),  a  todas las comodidades que me había logrado asegurar con paciencia y tesón? 

No se puede olvidar tan a la ligera los envites ardorosos de media noche, la llegada de aquel  ascenso que nos había mantenido en vilo durante días, las tardes de espera soñándole.
¿Quién renunciaría a la recompensa final así sin más? 
La casita en la playa, la visa oro resplandeciente, mis diez horas de sueño reparador diarias... todo un tesoro asido de alguna forma a Edelmiro.

Al final de cada patético episodio, el gin-tonic, que yo misma le acabaría sirviendo,  nos miraría como idiotizado asumiendo parte de culpa, con lo que pondría todo de su parte para relajar la situación. El cigarro se consumiría  de pena en algún cenicero que habríamos traído de algún viaje exótico, y la mirada volvería  a sufrir el disgusto de no ser ella misma, sino una indisciplinada huida a otra parte. 
Al final de los finales acabaría, como yo misma,  convertida en un amortiguador o en un misterio irresolvible. Quién sabe.

©Concha González
Imagen de la red.

jueves, 28 de marzo de 2013

LA CORTESANA.




 LA CORTESANA

Siempre tenía bien claro  lo que debía de hacer en cada ocasión. No obstante para ello se había preparado desde siempre y  para siempre con  férrea tenacidad,  a conciencia y sin conciencia, sin prisa pero sin pausa.

A la gente le gustaban los contrastes y debía de reconocer que a ella también. Por eso, poseía todo un completo arsenal de mentiras, de castillos en el aire, de cantos de sirenas, de patrañas tangibles; las intangibles solían conseguir permanecer libres como el viento  aunque, eso sí, casi siempre acababan apresadas en un libertinaje clandestino a la par que inmersas en esas tenebrosas profundidades que los instintos de cada uno parecen poseer. Permanecían, pues, en el artífice de  esos sueños de media alcoba, de baja cama, de prohibidas vocaciones, de siniestros e impudorosos ruegos.
Poseía también, dentro de su riqueza camaleónica, silencios a contrapelo, pubescencias  perdidas, guerras a tientas, sumisiones de geishas, personalidades de señoritas de escuela, de leonas de circo, de azotadoras siniestras,...y así un sin fin de seres inermes desorientados en el tiempo, pero orientados dentro de los más perdidos y pérfidos secretos.

El curso de psicología conductual le había sido altamente útil. Con un solo mirar a los ojos, sabía gustos, preferencias, personalidades, caprichos, vergüenzas e incluso miserias del usuario en cuestión. Podría decirse de ella que era una heroína, una maga, un sueño convertido en una corta realidad, algo así como  un  peculiar Santa Claus.

Colmaba de regalos los gustos más estrafalarios y lograba de manera sencilla y eficaz que nadie muriera sin cumplir su deseo por más oculto y patético que fuera. Llegó a ser, en un arrebato de permisión,  hasta una finada inmóvil y blanquecina  de labios color cardenalicio en cuerpo y presencia. Tuvo de reconocer, en un despliege de sinceridad equilibradora, que hasta el momento había sido  su peor trabajo.

Había nacido para hacer feliz a los demás. Eso lo tenía muy, pero que muy claro y no pensaba cambiar de condición después de tanto esfuerzo.
Su madre, gran  profesional donde las hubiera,  se había encargado de inculcárselo desde la más corta infancia. Y es que, ya se sabe... una madre siempre quiere lo mejor  para una hija.

©Concha González.
Imagen tomada de la red.

domingo, 10 de marzo de 2013



INADMISIBLE

Acostumbraba a  tomarse el cortado a sorbos, a pesar de que siempre lo pedía con leche fría. Decía que la leche ardiendo cambiaba el sabor del café de un modo inadmisible.
Además solía ver los partidos de la  selección aposentado en el sofá orejero de su piso de la plaza de las cortes leonesas, ya que según palabras propias, el bullicio con el que se arremetía contra  las personas en las zonas comunes, era del todo inadmisible. 
También consideraba inadmisible el sonido de los móviles en el aire, decía que contaminaban el silencio; así como el arte callejero, arte  que siempre había considerado  de mal gusto y estrafalario. Inadmisible era, bajo su funesta opinión, saborear un helado en la plaza mayor ante  la vista de todo el mundo, o acariciar a tu pareja  en el banco de un jardín público. Inadmisible caminar descalzo, soñar despierto, vivir lento. Inadmisible el sonido que las palomitas producen en la boca de los cinevidentes una tarde de domingo, y también,  las llamadas a deshoras para decir un "te quiero" o un "te echo de menos".
Todo ello era sencillamente inadmisible.

Y así fue como rezaba el epitafio previamente preparado por él mismo poco antes de morir, ya que, según su propios pensamientos, era del todo inadmisible iniciar cualquier viaje al campo santo sin dejar previamente preparado uno que te honre:

 "Me marcho como he venido. Me voy como como he vivido. Solo,  sin más compañía que yo mismo"

Habría sido inadmisible de cualquier otro modo.

©Concha González.

sábado, 9 de marzo de 2013




EL TRAJE

            Deambulo por la calle a consecuencia de la ignota insumisión de mis pies. Obedecen a un ser que creo no ser yo. 
En presencia, ese ser, toma una apariencia física idéntica a la mía, como si de un clon se tratara. Mujer, mediana estatura, cabello crespo, ojos toscos, nariz de imposible ensueño en rostro cenceño. Cuello largo, larga pierna, largo cabello, toda yo soy una desvirtuada oda a la largura con la evidente  y decepcionante excepción de mi estatura.
            Con todo esto estoy tratando de describir el empaque, es decir, lo de afuera, el exterior más inmediato que responde a fugaces miradas de otros rostros quiescentes, lo que se viene normalmente a denominar “el aspecto físico”.
            Pero, ¿y lo otro?, me estoy claramente refiriendo al interior, la profundidad de uno mismo, la intrínseca  personalidad, la manera de ser, el alma y el espíritu, el alfa  y el omega, los pensamientos, en fin…

            Transcendencias a un lado, he de seguir con la disertación inicial.
            Primero, porque así me lo inspira el lado invisible de mi esencia.
            Segundo, porque me apetece sin más explicaciones.

            A ratos, siento como si vistiese un traje. Ese traje (por cierto, no del todo de mi gusto) no es susceptible  de cambio alguno. Sucede como en los uniformes de los colegios, es de obligada puesta. Se luce a todas horas, tanto de día como de noche y por si esto fuera poco, se arruga y se estropea con el devenir del tiempo.
            No, definitivamente no me gusta. Es vulgar y poco estético (según la tendencia actual, a la cual me sumo supongo por puro contagio) a la par que tosco y burdo. Se me olvidó agregar anteriormente que es gratis. Sí, gratis. Aunque parezca que hoy en día no hay nada gratis, esto sí lo es. Doy fe.
            Esto, así de entrada, parece algo bueno y positivo,  ¿a quién no le gustan las cosas gratis? 
Precisamente a los españoles eso nos vuelve locos. Pero ¿qué pasaría  si alguien te obligase a ponerte  un gorro (quien dice un gorro dice unos guantes)  el cual haya  sido regalado por tu cumpleaños, todos los días de tu  vida?  Y peor aún, que dirías si encima el gorrito de marras te pareciese feo,  hortera y te sentase mal.
             Llegados a esta situación, vendría de perillas la utilización del requetesabido refrán que reza así:
             “El que regala bien vende, si el que recibe lo entiende”.
Pero, no nos soliviantemos, todo tiene su explicación.
            Nuestro traje de obligatorio uso es gratis porque es de herencia, una herencia que no se solicita  al fallecer los heredadores y por la que no se paga impuesto alguno (esto hay que decirlo bajito, no vaya a ser que alguien  se le ocurra algo).
Te toque lo que te toque, a callar y a pujar hasta el final de los días.

            Mi traje no sería el escogido por nadie en el perchero de una tienda de modas, ni siquiera si se encontrara en rebajas a mitad de precio, ni en un pague dos y lleve tres, ni en el montón que vende la gitana de turno voz en grito de ¡a un euro Marías, todo a un euro, a mirar y a escoger!… Quedaría visto para la venta  junto a un montón más de semejante caída,  supongo que para reciclar.  Eso con suerte, ya que podría llevar peor destino y ser rediseñado como disfraz de bruja pirula y algún gracioso lo luciría en los carnavales de mi pueblo. No es broma. No saben ustedes los tochos que me gasto.

            Por todo esto y más, me gusta hablar del interior.
¿Qué es lo más importante de un coche? El motor.
Lo más importante de una casa: la confortabilidad interior.
De un regalo bien envuelto: su interior.
Un bombón de licor es delicioso por: su interior.

            Siento cuando camino entre la multitud, la sensación de  que mi traje me va chico.  Otras veces es  lo contrario. Me parece que las mangas me caen tres vueltas y la cintura se me cae diez centímetros. Esto me sucede porque me siento observada más de lo que quisiera y como monos en la cara no tengo, pues ha de ser cosa de la vestimenta digo yo.
            Se dice que hay sitios en los que transforman el traje. Cosen por aquí, hilvanan por allá, quitan de donde sobra y ponen donde no hay. Pero yo una vez más me pregunto  ¿y todo eso a juicio de quién? ¿Quién decide que yo tengo nariz de más y por decir algo se me ocurre busto de menos?
            Se dice también, que es caro, carísimo. Así es que se me puede imaginar de donde vienen las ideas de los cambios y recambios.

            Vuelvo otra vez al interior para mencionar la curiosidad de que esto sí que no hay donde cambiarlo. Si no te gusta algo  del interior,  pues simplemente decir que esto más mal que bien  no tiene arreglo. Ni pagando ni sin pagar. Te lo resuelves tu solita o solito, o lo asimilas para siempre prudentemente y sin mayores aspavientos.

En fin, parece que después de estos pensamientos tortuosos, he llegado a la funesta conclusión o mejor dicho a la maravillosa conclusión, que el traje es lo de menos, pese a quien le pese, y el interior es lo de más. Por ello, una servidora tratará en la medida de lo posible de cuidar lo segundo con más celo y entrega que lo primero, que tampoco es caso de descuidar, ya que cuando te duele una muela ves el cielo las estrellas y las constelaciones enteras y yo con ver el suelo por el que camino cada día ya tengo suficiente.
©Concha González.